Alta pureza
El 1 de enero de 2015, mientras el país amanece en un silencio espeso tras los excesos forzados de la celebración, el ministro de Interior y Justicia aparece muerto en un galpón del puerto. Un disparo limpio. Preciso. Profesional. El Estado responde con honores, con un ataúd cerrado y una versión oficial cuidadosamente construida para no perturbar el orden. Pero el orden, como casi todo en ese país, es una ficción frágil.
A partir de ese asesinato, Alta pureza despliega un mosaico de voces —una funcionaria pública al borde del agotamiento, un detective mediocre atrapado entre el miedo y la obediencia, una fiscal ambiciosa, un poder que administra silencios— para narrar un año antes y un año después de un crimen que no busca justicia, sino equilibrio.
En un país donde la violencia se maquilla de burocracia, donde la corrupción es estructural y la supervivencia exige una ética flexible, la novela explora las distintas formas de la complicidad: la activa, la pasiva y la resignada. Alta pureza no es una novela policial clásica, sino una disección moral del Estado, del trabajo, del cansancio y de la rabia acumulada; una historia donde casi nadie es inocente y donde incluso el acto más radical puede parecer, inquietantemente, razonable.
Esta novela interroga el precio de vivir dentro de un sistema que ya ha decidido quién merece protección y quién puede ser sacrificado. Porque en ciertos lugares, la verdadera pregunta no es quién mató a quién, sino qué tan pura debe ser una sustancia para alterar el curso de las cosas.
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